Las botas dejan huecos negros en la nieve, miro la montaña, caliento mis manos con el vapor que sale de la boca. Un perro me acompaña. El paisaje se inclina como yo. Me pienso desde el cielo, menos que una mara que salta a esconderse en los matorrales, menos que una flor de fosforito. Eso seré, aquí al sur del sur. Atrás quedó la casa, clavada en el centro exacto del istmo que divide el lago. Terquedad la mía de poner techo al descampado. No es bueno ese lugar, dijeron, el viento no tiene piedad. No escuché, al viento sí. Terquedad la de la tierra, dividir las aguas y quererlas distintas. Se sumergen las rocas, ballenas petrificadas. A veces siento que emergerán bañando las ventanas, pero las rocas abren sus cuerpos inflexibles para que el viento sea. Sé de esas cosas. Mi cuerpo lo sabe. Por eso avanzo, firme, mirando la montaña. Pocas ovejas quedaron, ya no hay mucho para hacer. Cargo en la bolsa algunas ramas, crujen contra la arpillera. Me siento a descansar. El perro husmea, da vueltas sobre sí mismo, se echa. Los árboles que rodean el lago peinan las ramas en la misma dirección. El peso de las cosas separa, pienso. Arranco un diente de león, mastico, con un gusto amargo ajusto la carga y regreso despacio. Vuelco las ramas en el canasto. Elijo algunas, las quiebro para que entren en la cocina económica. No siento las manos bajo el agua. Sobre la mesa las cáscaras de naranja son espirales en remojo. La boca se llena de ácido. El perro busca abrigo cerca del hierro que empieza a calentarse. Apoyo la cacerola sobre el fuego, cubro de azúcar y empiezo a revolver. La cuchara pareciera desenredarlas, aunque poco a poco el líquido se espesa y es más difícil. Lleva tiempo, son duras, digo. El perro alza una oreja como si entendiera. A ella le gusta, siempre le gustó este dulce, en la ciudad no hay. Dormí que no tenés nada que hacer. Acerco una silla, pesan las piernas para estar de pie. Miro como se oscurece el interior de la cacerola. Del otro lado de la ventana cae el sol, lentamente el azul se vuelve caramelo. Retiro la cacerola y la apoyo sobre la tabla. Encenderé la luz de afuera, el perro despereza, pondré el agua para el té, ya debe estar por llegar. Sentada en un escalón de la entrada veo como se apaga el paisaje. Se hunden las rocas, el agua y la delgadísima línea de tierra que la corta es lo último en desaparecer. Sólo el viento persevera. A lo lejos las luces de una camioneta vuelven a abrir el paisaje. El perro ladra, mueve la cola. De pie me saco el delantal. En la cocina la abrazo, me sigue pareciendo pequeña. Olvidé la tetera, una brasa en medio de la noche, una piedra hundida en la negrura.